Concurso relato de ciencia-ficción en Zenda. “EL REGALO”

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Analisa caminaba lo más rápido que podía, aunque sus cortas piernas no le dejaban avanzar a la velocidad que habría deseado. Para atravesar el puente que unía los pisos 207 de las dos torres, tuvo que parar en dos ocasiones y dejar pasar a los aerodeslizadores. Irritada cerró los ojos y miró la hora en sus párpados. Llegaba tarde. A su lado pasó corriendo un hombre tras la estela del último aerodeslizador, empujándola. Lo miró con gesto de disgusto y se tocó el hombro. La microfibra inteligente de la tela había absorbido gran parte del impacto, pero aun así, se decidió a dar parte. Aquel era un comportamiento que no se debía permitir. Presionó el botón de su antebrazo, y pidió hablar con algún agente de la Policía de Buenas Maneras. Contó lo ocurrido, dio el número de traje del hombre, y después cruzó deprisa lo que le quedaba de puente. Jamás miraba abajo, ya sabía lo que había. Tan solo una densa capa de niebla, que servía de frontera entre la gente de arriba y la de abajo.

Analisa llegó resoplando a la torre noroeste, y entró en la cápsula que la llevaría en un santiamén cien pisos más arriba. Dentro había una chica joven que no la saludó al entrar, ni se despidió al salir. Parecía absorta en sus cosas, preocupada, pero aun así Analisa se sintió obligada a dar de nuevo parte a la Policía de Buenas Maneras, pulsando el botón de su antebrazo. “Una persona que no saluda, es una persona que no ayuda” se dijo. Y ayudar era el pilar fundamental sobre el que se asentaban todas las leyes. Eso era lo primero que aprendían todos los ciudadanos en la Escuela de Casa: “Ayudarás a crear un estado próspero, con tu educación, tu buenas maneras, y tu interés hacia el bienestar del prójimo.”

Cuando llegó, se paró un momento ante la única puerta del rellano. Cerró los párpados y proyectó el espejo. Aun a pesar de las prisas, estaba impecable. El pelo recogido en un moño, el maquillaje ligero, el vestido largo y vaporoso, en un precioso tono de malva. Entonces cayó en la cuenta de que no combinaba con el tono azul de sus cejas y pestañas. Quedaba estridente. Agitó la cabeza y automáticamente estás se volvieron color rosa oscuro. Mucho mejor así. Abrió los ojos y miró la pequeña caja que llevaba colgando de su mano derecha, sonriendo con satisfacción. Ese iba a ser, sin duda, el mejor regalo de todos.

Cuando le llegó la invitación a la pantalla de su androide mayordomo, no se lo podía creer. La hija del presidente de la Nación Unida de Euroasia, Madeleine, la invitaba a la fiesta de su concepción prenatal. ¡Qué gran honor! Analisa no podía recordar cuándo había sido la última vez que se había celebrado una. Hacía ya mucho tiempo que los permisos de embarazo se habían paralizado.

Tan solo había invitado a cuarenta mujeres, lo que incrementó el nerviosismo de Analisa. Era verdad que su marido ocupaba una alta posición como Secretario de Asuntos para la Unificación de Euroasia. Pero, aun así, la invitación la pilló de sorpresa. Al saberlo, su marido la felicitó efusivamente con dos besos en cada mejilla. Aquello significaba sin duda que pronto lo ascenderían. Pero para ella el asunto más urgente a tratar fue el del regalo. Debía ser algo único, especial, nada de chucherías cósmicas o juguetitos electrónicos. Nada de viajes interestelares, ni fuego de Orión. No, no, no. Debía ser lo nunca visto.

La idea se la dio un día su marido, bromeando: “Seguro que nadie le ha regalado niebla” Aquello le había parecido una tontería, aunque se guardó mucho de decirlo, habría infringido la ley ético-marital. Pero se quedó pensando. La niebla no tenía nada de especial, era densa, oscura y olía raro. Pero debajo… Entonces se le ocurrió. Fue como un rayo que le atravesó la mente, dejándola asombrada de que a nadie se le hubiese ocurrido antes.

Había costado mucho encontrarla, incluso su marido había tenido que recurrir a extraños contactos en el mundo de abajo. Pero allí estaba ella, en el rellano, ante la gran puerta, con la pequeña cajita de auténtico cartón en su mano, llena de tierra. Cuando su marido se la dio, la miró durante horas. Tierra. La tocó con cuidado con las yemas de sus dedos, la olió, grabó en su mente todos los tonos marrones, rojizos, cremas y tostados que la formaban. Incluso probó un trocito. Sabía mal.

Que había tierra cientos de pisos más abajo era algo conocido, pero ¿quién la había visto alguna vez? Tan solo los androides granjeros que cultivaban las granjas espaciales. Su regalo sería sin duda el más aplaudido, y ella subiría varios puestos en la escala social de popularidad. Respiró hondo, cerró los ojos, y anunció su llegada con un aviso mental. De inmediato las puertas se abrieron dejando paso a un suntuoso espacio, desde el que se veía el sol y las otras torres. Hacía semanas que ella no había visto el sol, y por un momento quedó deslumbrada. Ojalá ascendiesen pronto a su marido, así podrían vivir una decena de pisos más arriba y ver el sol todos los días.

Madeleine estaba sentada junto a una columna de fuego verde de Orión, sonriendo llena de orgullo. Analisa comenzó a acercarse, nerviosa, cuando escuchó un griterío. Al girarse a mirar que ocurría, descubrió horrorizada a una gruesa mujer de pelo azul enroscado, que portaba una enorme flor amarilla. ¡Una flor! Aturdida dio un paso atrás, las flores sólo las podían disfrutar los supremos emperadores y nadie había visto una de verdad en decenios. Pero allí estaba, aquella flor maravillosa de pétalos aterciopelados, que despedía una sutil fragancia. Analisa se apoyó mareada en la mesa que tenía a su lado, derramando sin querer las copas y bandejas, que cayeron con estrépito al suelo manchándolo todo. Vio entonces a varias mujeres pulsar el botón de su antebrazo.

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